RECUERDOS Y SEMBLANZAS II

RECUERDOS Y SEMBLANZAS II

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Todos los días, antes de tener que entrar en clase, tenía tiempo suficiente para poder sentarse durante un rato en uno de los bancos de piedra que había en el jardín de la Facultad. De esa manera se relajaba, y también, como no, meditaba minuciosamente sobre todo lo que estaba sucediendo a su alrededor. Verdaderamente suponía un agradable alivio, ya que desde el lugar donde le dejaba el último autobús hasta allí había una considerable distancia que tenía que recorrer andando. Pero lo que más le agobiaba era el calor o bochorno que a esa hora hacía, también muy debido a la estación del año en la que se encontraban.
Una vez sentado, lo primero que hizo para tratar de aprovechar el tiempo fue abrir el cuaderno de apuntes más o menos por donde estaban las notas que había tomado en clase, y que correspondían a las dos últimas lecciones. Según las iba repasando y poniendo en orden, se iba dando cuenta de que aquello era un auténtico desastre. “¿En qué estaba pensando? ¿Qué era lo que le distraía? Debía de estar en las nubes o algo por el estilo”. Todo lo que había escrito en aquellos folios le parecía un conglomerado de ideas imprecisas y sin ninguna ilación; tenía la sensación de que cada vez lo cogía todo peor y de que allí sólo había escritas cuatro frases tomadas de una manera mecánica y absurda.
Ahora su mente y su mirada permanecían estáticas contemplando un punto fijo. Casi no se había percatado de que ya no leía lo que tenía delante; el cuaderno todavía continuaba abierto encima de sus rodillas, y
él lo seguía sujetando con ambas manos, pero su vista y su atención se habían desplazado hacia otro lugar, que lo más probable es que tampoco fuera el césped que había a sus pies, ni los árboles, ni nada de lo que en ese momento se hallaba situado en torno suyo.
Transcurrieron algunos instantes hasta que logró salir de aquella situación, y fue entonces cuando comenzó a fijarse en los gorriones, que, cada vez en mayor número, habían ido a posarse sobre el césped para escarbar y picotear lo que pudieran encontrar entre las briznas de hierba. Era como si todos se hubieran puesto de acuerdo para ir a congregarse precisamente donde él se encontraba, cosa que no dejaba de sorprenderle y fascinarle al mismo tiempo, ya que se le iban aproximando cada vez más, hasta prácticamente rozarle los zapatos. Jugueteaban y cantaban alegremente, y, en algún momento, tuvo el más absoluto convencimiento de que ellos también le observaban y que estaban tan asombrados como él de aquello que estaba ocurriendo. “En la ciudad los pájaros están como atontados, y por eso no reaccionan ni se asustan por la presencia de la gente”. Esa era la conclusión más sensata que le parecía poder sacar de lo que estaba aconteciendo en aquella divertida situación. Mientras tanto, ya se le había hecho la hora de ir a clase; se levantó y se marchó rápidamente. Ellos allí se quedaron, como si él todavía permaneciera sentado en su sitio, sin haberse movido para nada. Desde luego no notaban su ausencia, ni les había conmovido el brusco movimiento que hizo al irse; sin embargo sus gorjeos habían cesado.
Con un sereno aspecto exterior, más fingido o deseado que real, se dirigió hacia el aula donde le tocaba dar la primera clase de la tarde, sin poder deshacerse del todo de aquella mirada que le habían dirigido los pajaritos del césped, ni de su significado. La gente que transitaba por el pasillo en ambas direcciones también le miraba y se miraban entre ellos, aunque muy efímeramente, sin poder apenas saludarse, tan sólo un gesto breve y fugaz con la cabeza para cumplir o para no pecar de distraídos, aunque algunos lo eran tanto o más que él. Sin embargo, todo ello no era más que inseguras suposiciones por su parte; le gustaba escudriñarlo todo, hasta el más nimio detalle, pero no podía meterse en la mente de las otras personas, y menos en un lugar como aquél.
Una vez que hubo llegado, buscó un lugar para sentarse en los pupitres de atrás. Los demás compañeros también buscaban acomodo en puntos estratégicos, apartados de donde luego se organizaba el tumulto, pero al grueso de la tropa no le quedaba más remedio que quedarse en el centro, y eso era una suerte comparado con el que llegara tarde, y tuviera que tomar los apuntes apoyándose en el saliente de la ventana.
El aire se empezaba a cargar y había que abrirlo todo. Al principio podía colarse dentro una tenue brisa agradable y placentera hasta que era absorbida por la otra atmósfera de dentro, viciada por el humo del tabaco y el ritmo insaciable de unos ciento cincuenta pulmones muy agitados; de esa manera se extinguía la primera en la segunda y las dos terminaban siendo la misma cosa para los ocupantes de aquel recinto., que además se fatigaban escribiendo a marchas forzadas, y tenían que respirar de vez en cuando anhelosa y profundamente, hasta llegar a sudar y rebullirse en los asientos que crujían por lo viejos que estaban.
-¿Qué vas a hacer este Sábado?
-¿Ha dicho función distintiva de los elementos?
-¡Sí, eso ha dicho!
-Luego te lo digo, qué me pierdo, joder.
“Los elementos fónicos cumplen otra función, consistente en separar dentro de la cadena hablada unas unidades semánticas de otras…”
-Venga, dímelo ahora, dónde vas a ir.
¡Qué deprisa va, coño!
“…sean palabras o frases…”
El profesor, que no era sordo a aquel maremágnum, de vez en cuando intercalaba una pequeña pausa para evitarles algún sufrimiento.
“Esta es la función delimitativa o demarcativa…
-¿Delimitativa, no?
Miraba a sus alumnos impaciente.
“…que permite aislar entre sí las palabras…”
-Me voy a ir de caza.
El otro interlocutor estuvo a punto de estallar en una estridente y sonora carcajada
“Ambos fines, diferenciación y delimitación, puede cumplirlos también el contraste…”
Menos mal que pudo contenerse, aunque no sin dejar de llamar la atención.
-Silencio, que no se oye –dijo alguien que estaba en el meollo y parecía muy irritado.
“…Un tercer grupo de articulación es la geminación…”
-Pues ponte más adelante si no oyes.
Sin embargo, procuraba que aquellos intervalos o lapsus linguae, no durasen demasiado para no perder el hilo.
-Yo también me voy de caza –le dijo, para tratar de llevarle la corriente.
“Puede resultar difícil su separación de la correlación de intensidad.”
…O que la turbamulta también se le perdiese mirando por la ventana, mirando a las nubes, mirando al techo, mirándose a sí mismos y bostezando cada vez más.
-Yo también estoy preparando la escopeta.
Porque no les gustaba aquello, es decir, la clase, ni su forma de dar la clase, ni el suelo de la clase, nada de lo que en ella había.
-Hay muchos conejos sueltos por ahí.
Ya presentían, deseaban, prácticamente veían al bedel abriendo la puerta, y pronunciar aquellas liberadoras palabras.
-Ya es la hora.
Sus caras de satisfacción reflejaban el “yo” más profundo del subconsciente… Todo lo demás era inútil e infructuoso… …Eran esos instantes finales, en los cuales aquello les parecía mucho más leve y agradable: … …Sin embargo, lo mejor era no pensar en nada y seguir adelante… …el señor que oficiaba la clase desde la tarima, la materia que les estaba impartiendo y el halo de luz flotante y resplandeciente que penetraba por la ventana… …salvando obstáculos de la forma que fuera y no pararse… , …Todo eso duraba muy poco, hasta que se daban cuenta… …,a riesgo de quedarse paralizado y deprimido por el fastidio que siempre imprimen la resignación y la impotencia… …de que a continuación venía otra similar, pero más larga todavía… …Ante el avasallamiento de la vulgar y mediocre realidad…, …Se formó un estruendoso ruido de asientos que se levantan, papeles, dudas de última hora, conversaciones, carpetas que se cierran, etc. Todo eran prisas para poder pillar un asiento en la otra aula, donde correspondía dar la siguiente clase. …,lo mejor era hacerse el distraído y volver la espalda.
Su mirada, aquella mirada, no podía dejar de recordarla; sentía una extraña sensación cuando pensaba en ella. La tenía clavada en su cerebro, le parecía verla en todo lo que él miraba, en todo y en todos. Era como si la llevase dentro de sí mismo, ya que le acosaba por doquier, como si aquellos ojillos pequeños y vivarachos, pero sin ninguna expresión, ya no sólo le hubieran observado por la razón que fuera, sino que también formaran parte de sí mismo, y, acaso, él percibía todos aquellos estímulos, a través de aquellas pupilas grises y negras, vagas y tristes como un poema triste; o como algunas de las cosas que le rodeaban, vacías y sin ningún colorido.

Tal vez se encontraba fuera de lugar, o aquel no era el mundo donde le correspondía estar, y echaba en falta algo que allí no había o, si lo había, no podía conseguirlo. Sin embargo, otro algo, no menos desconocido e indefinido, le impulsaba a recorrer todos los días un camino en el mismo sentido y hacia el mismo sitio.
Por la mañana había estado escuchando la radio, y había oído algo por casualidad, pero que le llamó la atención de un a manera inconsciente, casi sin darse cuenta. Todo tiene una explicación, una razón causal, aunque a veces las cosas ocurren fortuitamente, de una forma tan arbitraria, que nos resulta imposible apreciar la relación que pueden tener con nosotros; luego, si nos detenemos un momento, y pensamos en ellas más concienzudamente, terminamos por inquietarnos. En definitiva, son cosas que pasan, y que sí tienen mucho que ver con el individuo al que se le manifiestan; lo que ocurre es que el punto de enlace se encuentra en algún lugar indeterminado e impreciso. Pues bien, el locutor que hablaba en aquel programa matinal, lo que hacía era interpretar sueños a los oyentes que se lo pedían. Estos últimos le contaban en una carta el sueño que habían tenido, y él se lo interpretaba radiofónicamente, es decir, con música de fondo y todo lo demás, aunque, a lo mejor, con no mucho rigor científico. Él no era, ni nunca había sido un asiduo radioyente; demasiado nervioso e inquieto para tener el oído pegado a aquel aparato durante horas y horas, como hacían algunos amigos suyos, escuchando en muchas ocasiones trivialidades y simplezas, anuncios publicitarios, propaganda. Prefería leer o ir al cine, aunque últimamente estas dos cosas no lograban atraerle tanto como antes. La radio la solía poner su madre para distraerse, mientras realizaba las tareas de la casa; procuraba bajar el volumen todo lo posible, para no molestarle a él mientras estudiaba o leía. Sin embargo, esta vez, la casualidad o lo que fuera había dado lugar a que ocurriera lo siguiente: había ido hasta la cocina, tal vez a beber un vaso de agua, tal vez a decirle algo a su madre, o a estirar un poco las piernas, porque ya estaba cansado de estar tanto tiempo sentado delante de los libros, y cuando estaba cansado no podía concentrarse, se le iba el santo al cielo mirando a cualquier parte, el vuelo de una mosca, por ejemplo, una mancha que había en el techo muy pequeñita, el paisaje que se podía divisar a través de la ventana; luego, si intentaba volver la vista al libro, las palabras y las frases le daban vueltas, y así hasta que se amuermaba. En la cocina estaba la radio puesta, como era habitual a aquellas horas; la coincidencia en este caso, si lo fue, a lo mejor no, únicamente consistiría en haber llegado en el preciso instante en que el locutor decía aquellas palabras, que no eran más que una aclaración generalizada, y que podían tener alguna relación con él.
Pues bien, el locutor que hablaba en aquel programa matinal, lo que hacía era interpretar sueños a los oyentes que se lo pedían. Éstos últimos le contaban en una carta el sueño que habían tenido, y él se lo interpretaba radiofónicamente, es decir, con música de fondo y todo lo demás, aunque, a lo mejor, con no mucho rigor científico. Él no era ni nunca había sido un asiduo radioyente; demasiado nervioso e inquieto para tener el oído pegado a aquel aparato durante horas y horas como hacían algunos amigos suyos, escuchando en muchas ocasiones trivialidades y simplezas, anuncios publicitarios y propaganda. Prefería leer o ir al cine, aunque últimamente estas dos cosas no lograban atraerle tanto como antes.
La radio la solía poner su madre para distraerse mientras realizaba las tareas de la casa; procuraba bajar el volumen todo lo posible, para no molestarlo a él mientras estudiaba o leía. Sin embargo, esta vez , la casualidad o lo que fuera había dado lugar a que ocurriera lo siguiente: había ido hasta la cocina, tal vez a beber un vaso de agua, tal vez a decirle algo a su madre, o a estirar un poco las piernas, porque ya estaba cansado de estar tanto tiempo sentado delante de los libros, y cuando estaba cansado no podía concentrarse, se le iba el santo al cielo mirando a cualquier parte, el vuelo de una mosca, por ejemplo, una mancha que había en el techo muy pequeñita, el paisaje que se podía divisar a través de la ventana; luego, si intentaba volver la vista al libro, las palabras y las frases le daban vueltas. En la cocina estaba la radio encendida, como era habitual a aquellas horas; la coincidencia en este caso, si lo fue, a lo mejor no, únicamente consistiría en haber llegado en el preciso instante en que el locutor decía aquellas palabras, que no eran más que una aclaración generalizada, y que podían tener alguna relación él. En aquellos momentos sólo las escuchó con mucha atención, aunque sin pensar en nada. Después vendría todo lo demás.

Dícese que cuando se sueña con animales enjaulados, se está al borde de una depresión nerviosa. Al oír aquello había experimentado una sensación un tanto extraña e inexplicable. A veces las cosas suceden de una determinada manera, porque tienen que suceder así y punto. Además, últimamente le daba mucha importancia al más mínimo detalle. Esa actitud le hacía mostrarse hipersensible con todo lo que le ocurría, así como muy perspicaz y escrutador, razón por la cual se estaba también convirtiendo en un ser muy introvertido y ensimismado. Tal vez las circunstancias le empujaban a obsesionarse demasiado, a desconfiar de todo el mundo, en una palabra a sentirse inseguro. El mundo en el que él se movía era demasiado absurdo y pantomímico, de ahí su escepticismo inherente y vital, y de ahí también que los hechos que se producían de la forma más azarosa e irracional, a los cuales, la gente que se considera normal o en su sano juicio no puede ni debe achacarles una motivación causa-efecto o una conexión lógica, a esos mismos hechos él les atribuía una total y absoluta coherencia. Por eso aquel mensaje radiofónico le había calado de una manera especial que le hacía vislumbrar algo, que le hacía entender algo, que sería más o menos la explicación de lo que vendría a continuación, que le hacía sospechar…, para qué darle más vueltas a la madeja, ya que esa era, sin duda, la causa de los acontecimientos posteriores. Y si todo era fruto de la más pura casualidad, no le quedaba más remedio que reconocer que esa llamada casualidad era la clave, el leitmotiv, la sinrazón más racional, ya que no era precisamente él quien la había buscado, sino ella misma la que lo perseguía.

Luis Manuel Dominguez

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Centro de día dedicado a la Salud Mental de las personas que experimentan algún tipo de sufrimiento psíquico
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