EL AGUA DEL FONDO

Andrés iba caminando por la apacible noche, dejándose llevar sin rumbo fijo; y, sin darse cuenta, sus pasos se encaminaban hacia el río. Había prometido no volver jamás solo a aquella orilla; pero sus decisiones cambiaban de la noche al día, y se dejaba arrastrar como hojas del árbol caídas.

Por el camino hacia abajo comenzaron a fluctuar sombras, a su lado, delante de él, avanzaban, le acompañaban, iban a su mismo paso. En la oscuridad no puede haber sombras. “¡Qué cosa tan extraña!”, se decía a sí mismo. Parecía que se mofaban de él. Le recorrían emocionantes escalofríos por todo el cuerpo ¿Miedo? Por qué iba a sentir miedo, más bien quería reírles la gracia.

Si apresuraba el paso, ellas también lo hacían, y si se paraba, se paraban. Empezó a preguntarse el motivo, la causa, su significado. Tal vez evocaban el pasado, su pasado, o un mal augurio ¡Qué más da!

Cuántas cosas habían cambiado desde su niñez: los campos , las casas, los árboles y los senderos que conducían a aquel lugar. Pero había otras….., el aire que respiraba, la oscuridad, las estrellas que fluían en manantial hasta la tierra, las corrientes del agua y los mansos ruidos de la noche. Todo eso permanecía inalterable.

Llegó a su corazón una caricia, o mejor a su alma. Empezó a sentir lo que jamás había sentido antes, nostalgia, y, por eso, ahora buscaba la oscuridad que en otro tiempo le asustaba. Todo volvía a ser familiar  y, a la vez, extraño. Ahora estaba frente a frente consigo mismo, o con el otro. Tal vez lo único que no había cambiado era el agua del fondo. El tiempo hasta ahí no había llegado. En esa agua puedes volver a beber, te puedes volver a bañar y volver a recordar. Ahí te puedes quedar para siempre. Ser agua y sombra, y gritos extraños en el aire.

Ahora lo que intentaba dilucidar era el motivo de todo aquello: de su paseo nocturno, de su soledad, de su nostalgia, de su emoción y de aquella embriagada e insomne noche que estaba pasando. Ya era hora de volver y despertar; desandar la misma distancia que le había llevado hasta allí. Tal vez volvería a ver sombras o luces a lo lejos. Las luces del pueblo y las de la verbena, cuyos efluvios nocturnos comenzaban a respirarse. De nada le había servido, por el momento, haber vuelto a aquella orilla, a vislumbrar aquel fondo, aquella impenetrable y fría sombra que casi nadie frecuenta. Sólo había vuelto a recordar, a sentir el pasado.

-¿Quieres tomar algo? –le dijo alguien

-“Quieres” se le dice a los muertos. Hay que ofrecer: tómate algo que estamos en fiestas. –le dijo otro.

No le gustaba mucho aquel ambiente. La resultaba vulgar, aburrido e inaguantable. Prefería volver solo a casa, a hacer no sabía muy bien qué, pero por lo menos a estar solo. Ya no le asustaba nada, sólo la gente a la que se encontraba y tenía que saludar. Claro que sólo hablaba lo imprescindible Le faltaba el ánimo para extenderse más, porque casi nadie le caía bien. Ni siquiera su familia, en la que había un ambiente de cotilleo insoportable

-¿Qué tal está tu padre? –le preguntó alguien con malicia.

– Mejor, mejor. Cosa de nervios. Hasta luego, -contestó él con desprecio

A la mañana siguiente, se acercó al cementerio para visitar la tumba de su madre. Se entretuvo un buen rato mirando las distintas lápidas que había alrededor. Algunas le alegraron la vista. Cuando vio la de un cacique que había acuchillado a un pobre hombre ya hacía tiempo, pensó con toda frialdad para sus adentros: “¡ahí quería verte yo!”.

Luego, se quedó inmóvil frente a la de su madre: “Perdóname, he hecho lo que he podido”, dijo en voz alta.

Al volver al pueblo, se encontró con la casa de sus tíos cerrada a cal y canto, como si ya llevara así mucho tiempo. Todo parecía extraño, la soledad, el aire que respiraba, el silencio……. De la casa de al lado salió una anciana, a la que creía recordar de un tiempo ya muy lejano. Él le comentó que había hablado con sus tíos el día anterior; ella entonces le contestó:

-Pobrecitos, hace ya dos años que murieron y todavía siguen rondando por ahí. Parecen cosas del diablo. Y, entonces, ella le miró muy fijamente y con recelo, como si el diablo fuera él.

Se dio la vuelta sin decirle nada y se alejó lo más rápido que pudo. “Puta vieja”, pensó por unos momentos. Le daban ganas de irse de aquel lugar y no volver jamás.

Se dirigió a casa de su amigo Luis, para lo cual tenía que atravesar la plaza del pueblo. Y lo hizo al mismo tiempo que pasaba por allí una procesión, porque estaban en fiestas. En ella pudo distinguir a sus tíos y algunos otros vecinos del pueblo.

Cuando llegó a casa de su amigo y le contó lo sucedido, éste le dijo que era imposible que hubiese visto en la procesión a tales personas, porque algunas de ellas ya hacía tiempo que habían fallecido. Andrés se quedó desconcertado y estupefacto.

.Después, en su casa, también sucedió algo extraño. En la parte de arriba, por debajo de una puerta, salía un chorro de luz eléctrica ¿Qué significaba aquello? Estaba solo en ese momento.

Salió a la calle contrariado, y se fue a ver a Toño, otro amigo de la infancia, que era un poco falso y trapacero. Por el camino pudo ver a dos mujeres que discutían fervorosamente:

-¡Guarra, que eres una guarra! –decía una.

-¡Guarra tú! –contestó la otra enloquecida.

-Además, guarra tu hija, que cuando se casó ya llevaba barriga.

-¡Hombre, pues no iba a llevar las tripas en un cesto!

A Andrés le repugnaba aquello. Aceleró el paso, y entró en la cuadra de Toño, que todavía estaba ordeñando. Cuando lo miró a la cara no podía adivinar si sonreía o se burlaba de él.

Le contó, como a Luis, lo de la procesión, y tampoco pudo discernir en su expresión si se lo tomaba a broma o en serio.

_¡Bah, bah, bah! –dijo con seriedad burlona. No le hagas caso a Luisito. Ese deliria. No ves que lleva en tratamiento mucho tiempo, y  está un poco…. Se llevó el dedo a la sien.

Toño, además de zafio y rudo era tacaño, no soltaba tabaco ni para la madre que lo parió. Aunque tuviera el paquete entero, siempre andaba a ver si se lo sacaba a los demás a base de artimañas e indirectas en las que se le veía venir. Andrés le ofreció uno de los suyos, y él lo cogió disimulando de mala manera el peso que se quitaba de encima. Andrés cambió de tema:

-¿Qué pasa con la Bernarda? -le preguntó socarronamente.

-¡Qué va a pasar le contestó! –le contestó. Hacía tiempo que andaba buscándome y hasta que me encontró.

Cómo fue, cómo fue, cabronazo.

-De esas no las encuentras tu en Madrí, -le contestó Toño con un ansia mal disimulada, y torciendo la boca con una sonrisa maliciosa. Tenía yo que ir el otro día a su casa a hablar con el viejo. Pero antes me la encontré a ella en el pajar y me dijo que estaba sola. Al principio se hizo la desentendida, aunque sonreía con malicia. Me acerqué a ella despacio:

-¿Qué quieres? –me preguntó.

-¿Qué que quiero? –le dije. La agarré por el talle y la eché al suelo. Nos dimos un buen revolcón por la paja. Esa mujer tiene fuego en el cuerpo, es hombruna y linfómana. Le arranqué las bragas de cuajo.

Toño logró arrancarle a su amigo una estruendosa carcajada:

-Tú estás más salido que un gallo de corral, -le dijo Andrés. ¿Cuánto tiempo hace que no vas de prostitutas?

-Las prostitiutas te sacan el dinero, -le contestó Toño con displicencia.

-Las otras también –le dijo Andrés con gravedad.

-Sabes lo que hace ésa cuando no tiene hombre…

-¡Calla, calla, por Dios, qué se van a escandalizar las vacas! Andrés se desternillaba.

-Ya iré por allí otro día

– Tú ándate, ándate. A ver si la dejas preñada y luego su padre te enfila con la escopeta.

-Ya no tié edá pa eso. Además a mí ese viejo….

La soledad de aquella casa le traía a la memoria, como sueño al alba, el recuerdo de su madre. Aquel verano ya tan lejano, que se pasó dando clases de Lengua y Latín en aquella academia, recién terminada la carrera, y cuando parecía que todo iba de maravilla. Él no se encontraba bien; todos los años de sus estudios los pasó muy mal de salud, pero por un momento parecía que las cosas podrían tomar otro rumbo. La verdad es que su primera experiencia profesional no le salió muy bien, para qué engañarse.

Algunas clases no las había impartido como él hubiera deseado. Pero se consolaba pensando que aquello no era más que el comienzo de su vida laboral en la enseñanza; además, aquel trabajo le había salido por sorpresa, sin tener material para prepararse las explicaciones.

Cuando terminaron las clases, se fue al pueblo unos días. Sus padres habían pasado allí el verano junto con sus hermanos. Quién iba a decir lo que le estaba esperando……

CONTINUARÁ

LUIS MANUEL DOMÍNGUEZ

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Acerca de centrodediavillalba

Centro de día dedicado a la Salud Mental de las personas que experimentan algún tipo de sufrimiento psíquico
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