UN PEQUEÑO IMPEDIMENTO

Como todos los sábados, me llamó Manuel para ir a tomarnos algo por ahí. Un fin de semana tocaba  en el centro, y otro quedamos en el barrio: este fin de semana tocaba lo segundo. Fuimos a uno de los abrevaderos del barrio, y mientras dábamos cuenta de nuestras respectivas consumiciones, no pude por menos que reparar en una chica de belleza uno diría que casi sobrenatural, si es que tal cosa existe, que estaba   situada al otro extremo de la barra. Inmediatamente, fui hacia ella- aunque sin grandes esperanzas por mi  parte,  porque, físicamente hablando, no es que sea muy agraciado, que digamos-, y me presenté.  Sorprendentemente,  ella  se mostró la mar de receptiva desde el desde el principio, y no tardó en decirme  que se llamaba Teresa, y que trabajaba como administrativa en el Ministerio de Hacienda- perdón por la mayúscula – ;  al cabo de un cuarto de hora, alguien me tocó suavemente   en el hombro: era  Manuel que, tras hacerme un pícaro guiño, se fue del abrevadero.

Después de una hora de estimulante e inteligente conversación, Teresa me propuso ir a su casa, cosa que acepté entusiasmado.  Teresa vivía en un amplio y confortable  piso de la Colonia de la Prensa. Nada más cerrar la puerta, me preguntó si quería tomar algo, cosa que acepté  inmediatamente, y Teresa fue e preparar las bebidas. Ni tan siquiera habíamos terminado nuestras  libaciones, cuando ya estábamos besándonos y acariciándonos apasionadamente. Ter esa  se zafó de mí de repente, y me propuso meternos en la cama, pero, eso sí, con una condición: la de  que fuera ella la que primero se desnudara y metiera primero en  ella. Yo acepté, sin algo de extrañeza, y lo atribuí a una manía o especie de ritual suyo, o suyos, por así decirlo.

Después de que Teresa me llamara desde su habitación, diciéndome que ya podía ir cuando quisiera, ni que decir tiene que no me hice de rogar, por supuesto estaba en el salón, como mi madre me trajo al mundo, y con el pene ya en erección.  Me metí en la cama, y, nada más hacerlo, ella comenzó a sollozar amargamente, y yo la pregunté qué la ocurría, ya bastante amoscado, por otra parte.”Otro fracaso “, dijo ella yo la pregunté en qué sentido, y ella me miró con ojos asustados, y me hizo prometerla que no saldría corriendo,, ni la pegaría, que el último hombre con el que había estado, hasta llegó a pegarla y todo. Ni que decir tiene que se lo prometí inmediatamente, y ella dijo que no sería porque no me lo había advertido. Bajó la sábana, y, al lado de una vulva normal, había un pene de considerables dimensiones. Ni que decir tiene que me quedé turulato, por supuesto, mucho antes de montar en cólera, o salir  corriendo  despavorido. Dios santo, yo que creía, me dije, que los hermafroditas sólo existían en la mitología grecolatina, pero ya veo que no, pensé estupefacto. Me dijo que a causa de su peculiaridad  -como a ella gustaba de llamarla- , aún era virgen. Carlos- cómo se llama nuestro hombre- , la tranquilizó inmediatamente, la atrajo hacia sí, y  aquella noche, Carlos se condujo como un amante experto, y la hizo gemir, retorcerse y gritar, sin importarle lo más mínimo el fluido ardiente y viscoso, que  mojó su abdomen y sus muslos en el momento delorgasmo de ella.

Después de tan gratificante experiencia para ambos, Teresa le dijo que pensaba amputarse el pene, y que iba a pedir una excedencia de una semana en su trabajo para hacerlo, al tiempo que le decía que, en una semana, ocho días como mucho, le llamaría, y le pidió el número de su móvil. Carlos aceptó encantado, mientras ella le dijo que no fuera a buscarla a su trabajo, sino que esperase su llamada, y, con esa determinación de Teresa, se despidieron.

Pasaron ocho días, y a Carlos le extrañó sobremanera que, por mucho que esperaba su llamada, ésta no se producía. Intrigado, fue al noveno día al domicilio  de Teresa. Alguien que no era ella le abrió  en el portero automático, y , cuando llegó a la puerta de su apartamento, salió un hombre alto, fornido, embutido en un albornoz azul marino, que, al   grito de quién es este imbécil se abalanzó sobre él, Y Carlos tuvo el tiempo justo de ganar la calle, antes de que el individuo en cuestión le arreara una soberana paliza.

Al día siguiente, Teresa le llamó, según dijo ella, para explicárselo todo, y quedó el día siguiente con él en una cafetería de Fátima. Cuando, al día siguiente, y a la hora convertido, Carlos llegó a la cafetería, ya estaba allí Teresa, apurando un café. Carlos pidió otro, y Teresa le dijo que ya se había amputado el pene, y que le presentaba sus más rendidas excusas, tan sólo por haberle utilizado para iniciarse en las delicias del sexo, y añadió que nada de churumbeles, que al final  lo complican todo. Acto continuo, se levantó, pagó los cafés y se fue, dejando a nuestro hombre más corrido que una mona.

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Acerca de centrodediavillalba

Centro de día dedicado a la Salud Mental de las personas que experimentan algún tipo de sufrimiento psíquico
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