EL AGUA DEL FONDO

 

 

Su madre ya le había comunicado por teléfono que no se encontraba bien, que le ocurrían cosas muy raras, vértigo, mareos y un poco de dolor de cabeza. Él no se lo tomó muy en serio, porque a su madre la cabeza le había dolido siempre, pero, esta vez, el tono en que se lo dijo, le había dejado ciertas dudas.

 

Cuando llegó a aquella casa, la encontró tumbada en el sofá del salón. Tenía mala cara y la mirada un tanto extraviada. Su padre, que estaba sentado, al lado, en un sillón, le hizo un gesto preocupado. Él llevaba la intención de pasar allí unos días, y ya no recordaba lo primero que le dijo ella nada más verlo, tal vez nada.

 

Al día siguiente, su madre continuaba con los mismos síntomas. El médico le había dicho que era un problema de cervicales y de riego, pero todo parecía muy extraño y sospechoso. Tanto era así, que decidieron volver a Madrid lo antes posible.

 

Una vez de vuelta, el médico le volvió a decir algo parecido, y le recetó unas pastillas; pero los dolores de cabeza continuaban cada vez más terribles. Aquella situación comenzaba a angustiarle un poco. No le quedó más remedio que ir a urgencias y contarles lo que ocurría. En aquellos momentos no podía pensar ni acordarse de nada de lo que había ocurrido un tiempo atrás. Pero a ratos le veía a la mente lo peor, lo intuía, lo sospechaba. Incluso se le ocurrían cosas que otros consideraban absurdas y ridículas (un trabajo, un mal de ojo), pero que para él eran totalmente reales, aunque no las pudiera demostrar. Eso era lo que más le desesperaba, lo que le causaba rabia e impotencia. Lo cierto es que las circunstancias eran las que eran, y no había más remedio que ser fuerte. Más adelante llegaría a sentirse muy culpable, y le ocurrirían hechos que se lo corroborarían, pero ya nada tenía solución. La pesadilla duró veinte días; después vendría el lento despertar a una larga y profunda ensoñación.

 

Todo había sido tan rápido, que no le había dado tiempo a asimilarlo. Había sufrido tanto en tan poco tiempo, que, a veces, le daba la impresión de que no había ocurrido nada. Incluso le parecía que lo podía superar más fácilmente de lo que al principio pensaba. El miedo, la soledad, su estado emocional…, creía que no le iban a hundir y desbordar. Pero no se daba cuenta de que la ansiedad y las lágrimas que se había guardado para sí, podían pasarle factura a lo largo de mucho tiempo. Tal vez toda la vida, si no buscaba a alguien con quien desahogarse y que le comprendiera. Todavía era muy joven, pero se sentía acuciado por todas partes.  De repente recaía sobre él la responsabilidad de una persona más adulta y experta. Ahora se daba cuenta de que el que la hace la paga, antes o después, y de que todos los que le rodeaban entonces fueron implacables con él. Por consiguiente, cada cual que cargue con la suya.

 

Él no había dejado nunca de sentirse un poco culpable, no podía saber si con fundamento o no. Pero sentía que ya había llegado el momento de la expiación de esa culpa; y pensaba que, a lo mejor, su sufrimiento no había sido en vano.

 

Ahora también se daba cuenta de que desde entonces su vida había sido un constante devenir de éxtasis y ensoñaciones. Se daba cuenta de que su madre estaba muerta en la vigilia, pero nunca en sus sueños, los cuales no podía transcribir aquí porque son cosa entre su madre y él. Se daba cuenta de que ella no iba a permitir que sufriera siempre. Sería absurdo. Se daba cuenta, por último, de que después de tanto tiempo estaba llorando.

 

“Mi historia son algunos casos que recordar no quiero” (A.Machado)

(continuará)   LUIS MANUEL DOMINGUEZ

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Acerca de centrodediavillalba

Centro de día dedicado a la Salud Mental de las personas que experimentan algún tipo de sufrimiento psíquico
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